Elecciones e incertidumbre

Noviembre significó, de manera formal, el arranque del proceso electoral que elegirá al presidente de la República para el sexenio 2024-2030, nominará a nueve gobernadores, cambiará a 500 diputados y 128 senadores y votará congresos locales y alcaldías. En suma, las elecciones de junio de 2024 presentarán una reorganización del poder político.

El marco electoral será puesto a prueba: nunca se había tenido una estructura política para administrar y gestionar las elecciones como la de ahora y jamás se había logrado un amplio margen de autonomía relativa electoral con respecto al poder dominante del presidente en turno de la República y su partido. Pero tampoco hemos tenido tanta incertidumbre respecto a la necesidad de respetar las reglas del juego.

El ambiente de tensión no debiera ser ajeno. Desde 1982, México ha vivido procesos electorales presidenciales marcados por el avance opositor y tres alternancias en votaciones de nuevo Poder Ejecutivo. Antes de las elecciones de 1982, el todopoderoso líder sindical Fidel Velázquez -pieza angular del régimen político priista- había advertido el ambiente de guerra civil: “A balazos ganamos el poder y a balazos no los tienen que quitar”.

El PRI fue decayendo en su votación desde 1982, perdió la Presidencia en las urnas en 2000 y 2006, permitió de manera inexplicable el regreso del PRI al poder en 2012 y volvió a perder en 2018 ante la avalancha imparable de López Obrador.

El problema electoral que se percibe está localizado en el clima político; y si Manuel Camacho advirtió después del asesinato de Colosio que los crímenes no matan, sí aceptó que las incertidumbres desestabilizaban cualquier democracia. Hoy se tiene una tendencia cómoda de victoria para Morena, pero el ambiente de ruptura interna está tratando de despertar al México bronco que las reformas electorales habían derrotado.

La salida electoral es la democracia y el poder ahí lo tienen los ciudadanos con su voto.