Fernando Gutiérrez

Fernando Gutiérrez

De barrio en barrio

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La Romita

Tal vez la generación Z, tan en boga en nuestros días, no sepa que la colonia Roma, señorial a principios del siglo XX, antes fue un pueblo pobre rodeado de potreros y que, aún antes, fue una pequeña isla cercana a la gran Tenochtitlán, independiente de esta y cuyos habitantes sobrevivían de la pesca en el lago de Texcoco.

En la época prehispánica su nombre era Aztacalco, la “casa de las garzas”. Después llegó la Conquista y el tiempo de repartirse las tierras. Entonces Hernán Cortés se adjudicó vastos terrenos que, con el transcurso de los años, fueron fraccionados para dar paso a la elegante y afrancesada colonia Roma.

Un paseo arbolado, que iba de allí hasta Chapultepec, muy semejante a uno que existía en Roma, Italia, dio pie a que el conquistador la bautizara como la “Romita”, nombre que luego dio origen a la colonia Roma.

Durante el virreinato fue un lugar olvidado, donde se permitió que vivieran los indígenas. En esa zona de tolerancia fue fraccionada la colonia Roma. Sin embargo, la Romita siempre se sintió aparte, muy diferente. Todavía hoy conserva su identidad, con callejones en los que sólo puede pasar un coche, en un cuadrante delimitado por las calles Puebla, Durango, Morelia y la avenida Cuauhtémoc.

Tiene dos templos históricos, dignos de ser visitados: Santa María de la Natividad, construido en 1530, donde se bautizaron los primeros indígenas (1537), y el Señor del Buen Ahorcado, cuyo nombre se debe a que en esa plaza eran ejecutados en la horca los criminales.

En sus inicios, la Romita fue un barrio con fama de peligroso. Su pobreza y marginalidad fueron capturadas a la perfección por Luis Buñuel en su célebre filme Los olvidados, al filmar varias escenas en esa zona.

La Romita conserva cierto sabor pueblerino en su plaza ajardinada y adoquinada, a pesar de que la megaurbe devora y uniforma con “progreso y modernidad” todo a su paso. Estar en su placita central es trasladarse muchos años atrás. Nos hace pensar en la ciudad que hemos ido perdiendo.

Es, en suma, un bastión de resistencia cultural, de rechazo a la gentrificación, un oasis urbano que debemos cuidar. Si usted quiere visitarla, le recomendamos hacerlo un sábado o domingo, cuando se instalan puestos con antojitos mexicanos. Para llegar, resulta muy cómodo el Metro, estación Cuauhtémoc.

Disfrutar de ese sitio, no tiene precio.