
A diferencia de muchas personas, disfruto enero. Me agrada la sensación de que algo termina y algo empieza. Basta mirar la agenda en blanco (yo aún utilizo una de papel), o las figuras del nacimiento que regresan a su caja para entender que el Año Nuevo es un rito de renovación.
Los antiguos romanos tenían un símbolo elocuente: Jano, la deidad protectora de las puertas, el dios con dos rostros. Una de sus caras miraba hacia atrás, al año que terminó; la otra, hacia adelante, el que apenas comienza. Por eso, en inglés, enero se llama “January”, y portero se dice “janitor”. Jano nos recuerda que vivimos entre dos: el pasado y el futuro. Él me ayuda a recordar que siempre se abre una puerta hacia lo desconocido, un nuevo camino que recorrer.
Enero no exige grandes transformaciones. Propone algo más modesto y más sensato: editarnos. Igual que un editor revisa un texto para quitar repeticiones, ordenar ideas o ajustar el ritmo, enero nos regala la oportunidad de revisar nuestras rutinas. No se trata de proponernos cambios drásticos. No vamos a ser ordenados de un día a otro, ni vamos a cambiar nuestra manera de comer súbitamente. Lo saben de sobra los gimnasios. Se llenan el 2 de enero y, para el 2 de febrero, ya lucen vacíos.
Enero es momento de editar nuestra vida, haciendo pequeños ajustes. Prescindir de un gasto innecesario, recuperar una lectura abandonada, dedicar un poco más de tiempo a la familia, limpiar el escritorio. La renovación no está en las metas monumentales, sino en gestos pequeños. Estas acciones sencillas funcionan como “marcadores” simbólicos. No cambian el mundo, pero transforman nuestro ánimo. Son nuestra versión de mirar con un rostro hacia atrás y con el otro, hacia adelante.
Enero no es magia, pero sí un umbral. Es un recordatorio de que la vida no se reinicia, sino que se revisa. Yo, por lo pronto, comencé el año sacando del clóset la ropa que no uso. ¿Y ustedes? Esa es, quizá, la verdadera gracia del Año Nuevo: no empezar de cero, sino con conciencia.