
Amo vivir en el presente. Están pasando muchísimas cosas que antes hubieran sido inimaginables, y a las pruebas me remito: la temporada dos de la serie Ancestras del canal 22.
Le explico: 2025 fue el Año de la Mujer Indígena y, en perfecta concordancia con la narrativa de la presidenta, el canal de las culturas de México produjo la primera temporada.
¿Qué fue eso? Una serie documental digna de Discovery, de NatGeo, dedicada a contar, capítulo a capítulo, la vida y obra de mujeres que fueron fundamentales en el México prehispánico y que, por diferentes cuestiones, jamás nos dijeron que existieron.
No sé si usted tuvo oportunidad de mirar aquello, pero yo me quedé con la boca abierta descubriendo mujeres que gobernaron, que pelearon, que cambiaron la historia de sus comunidades, como la Señora Seis Mono, Tecuichpo y Eréndira.
Ancestras se la ha pasado ganando premios por todas partes del mundo. Es, objetivamente, un orgullo de la televisión mexicana.
¡Pues qué cree! En este 2026, ha vuelto, pero con un giro todavía más espectacular.
Ahora, cada uno de sus capítulos, está dedicado a una antepasada de hoy, a una mujer adulta mayor, de nuestros pueblos originarios, que mantiene vivo un legado cultural como el tejido o el bordado.
No sabe usted qué cosa tan más hermosa, reveladora, sensible, entretenida e importante.
Y, ¿a qué me refiero cuando le digo que una serie como esta, antes, hubiera sido inimaginable?
A una verdad dolorosísima: hasta hace muy poco tiempo ningún canal de televisión, privado o público, de nuestro país se hubiera atrevido a contar la historia de una mujer, de una mujer pobre, de una mujer pobre y vieja, de una mujer pobre, vieja y morena, de una mujer pobre, vieja, morena e indígena.
¿Por qué? Porque eso hubiera sido “rebajarse”. Porque eso “no vende”. ¿Sí me entiende?
La temporada dos de Ancestras es un admirable acto de justicia social. Búsquela ya en este julio en canal 22 y sus redes sociales. Le va a gustar. De veras que sí.