
Hace unos días fui al Centro Histórico de la Ciudad de México. Hacía bastante sol y, como es tradicional en la capital, el cielo se nubló de golpe y comenzó a llover. Tanto esfuerzo de la ciencia y del Sistema Meteorológico Nacional para que personas como yo sigamos creyendo que podemos predecir el clima simplemente asomándonos a la ventana. El vaticinio, en efecto, anunciaba lluvia. Como el trayecto era largo, temía acabar empapado. Sin embargo, casi por arte de magia, aparecieron los vendedores de impermeables de plástico, esas caperuzas que parecen hechas con bolsas de plástico, y los vendedores de paraguas. Siempre han sido un misterio para mí. ¿Cómo le hacen para aparecer justo en el momento oportuno? Compré un paraguas y seguí caminando bajo la lluvia. ¿Será la mano invisible del mercado?
Mientras avanzaba por las calles mojadas, protegido por mi compra de emergencia, agradecí la invención de ese objeto tan sencillo y tan útil. Aunque hoy lo asociamos con la lluvia, el paraguas nació para combatir el sol. Hace más de dos mil años, egipcios, persas y chinos utilizaban sombrillas para cubrirse de los rayos solares. Eran, además, símbolos de prestigio. No cualquiera podía caminar bajo una de ellas.
La lluvia llegó después. En Europa, durante siglos, el paraguas fue visto como un accesorio femenino. Los caballeros preferían mojarse antes que cargar uno. Cuenta la historia que el viajero inglés Jonas Hanway contribuyó a popularizarlo entre los varones en el siglo XVIII. Al principio, la gente se burlaba de él, pero siguió usándolo.
Hay inventos que transforman el mundo y otros que simplemente nos facilitan la vida. El paraguas pertenece a esta segunda categoría. Por eso ha sobrevivido más de dos mil años. Los imperios desaparecen, las modas pasan y los pronósticos fallan, pero el paraguas sigue ahí, esperando la próxima tormenta. Y, por fortuna para quienes olvidamos revisar el clima antes de salir, también siguen ahí esos vendedores que parecen conocer la lluvia unos minutos antes que los demás.
Sapere aude. ¡Atrévete a saber!