Héctor Zagal

Héctor Zagal

Comprimidos del Dr. Zagal

Twitter: @hzagal |

Canicas, encantados y quemados

Tuve la suerte de jugar mucho cuando fui niño. Por las tardes, solíamos hacerlo en el patio del edificio donde vivía con mis hermanos. Jugué quemados con una pelota, encantados, carrera de coches sobre una pista dibujada con gis en el suelo. En cambio, nunca fui bueno para el fut ni para las canicas.

Pero no todos los niños han tenido mi suerte. Durante siglos, millones de ellos comenzaron a trabajar cuando apenas podían sostener una herramienta. Para los pobres, la infancia era breve y el juego, un lujo. Jugar era perder el tiempo. Las fábricas europeas del siglo XIX estaban pobladas por menores que ejecutaban tareas muy rudas. Aún hoy, millones de pequeños siguen trabajando para ganarse la vida.

En 1989, la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, y reconoció el esparcimiento y el juego como parte de ellos.

Basta observar a un corrillo de niños jugando para entender la importancia de tal actividad. En un partido improvisado de futbol se discuten reglas, se negocian turnos, se aprende a perder y a ganar. En un escondite se ejercita la astucia. Un puñado de bloques puede convertirse en castillo o nave espacial. El juego es un laboratorio de imaginación y convivencia.

Lamentablemente, la inseguridad y la falta de espacios impide que los niños puedan jugar como yo lo hice. A mí, por ejemplo, me permitían “dar la vuelta a la manzana” en bicicleta desde los 9 años. Mi madre, por supuesto, estaba pendiente de mí; pero no era algo especialmente peligroso. Esas pequeñas “aventuras” también tenían un valor didáctico, eran un paso hacia la independencia

Jugar no es perder el tiempo. Es una de las maneras de aprender a vivir. Cuando un niño corre detrás de una pelota o inventa un mundo con sus amigos, no sólo se divierte. También está ensayando, sin saberlo, la vida adulta que algún día tendrá.