
En el día a día, no sólo somos madres, tenemos diferentes ocupaciones y responsabilidades que nos llevan a sentir cansancio, prisa y frustración que, en ocasiones, nos rebasan, solemos perder la paciencia y gritar. Pero no es falta de amor, es falta de pausa. Y aunque los gritos pudieran ser comprensibles, no educan, activan el sistema de alerta del niño, lo pone en modo defensa y bloquea su capacidad de aprender.
El cerebro infantil está en desarrollo, cuando gritamos, nuestros hijos no “entienden mejor”, sino que su cerebro emocional toma el control y, en ese estado, difícilmente podrán reflexionar, obedecer o regularse; por el contrario, necesitan de un adulto que les preste calma cuando aún no pueden generarla por sí mismos.
Aquí es donde entra una herramienta poderosa y sencilla: respirar antes de reaccionar; hacer una pausa de unos segundos, inhalar profundo y exhalar lento, permite que nuestro propio cerebro se regule. No es magia, es neurobiología. Esa pequeña pausa cambia la manera en que respondemos.
Criar sin gritos no significa ser permisivos, sino poner límites desde la firmeza y el respeto, decir “no” con claridad, pero sin herir, corregir sin desbordarnos y enseñar desde el ejemplo.
En este Mes de las Madres, más que buscar la perfección, regalémonos pausa, porque los niños no sólo escuchan lo que decimos, aprenden de cómo reaccionamos y, de ese modo, aprenden a calmarse.