Edilberto Peña

Edilberto Peña

#Psicosalud

Twitter: @Edilberto_pena |

Salud mental en exámenes

Cada temporada de exámenes viene acompañada de una frase repetida: “Me quedé en blanco”. No es falta de inteligencia, ni de preparación. Es biología.

Cuando enfrentamos evaluaciones, el cerebro activa su sistema de alerta. La amígdala -centro de detección de amenaza- interpreta el examen como un riesgo: a fallar, a decepcionar, a perder oportunidades. Esto dispara cortisol y adrenalina. En niveles moderados, este estrés puede ayudarnos a concentrarnos. Pero cuando se eleva demasiado, ocurre lo contrario: se bloquea la corteza prefrontal, responsable de la memoria de trabajo, la toma de decisiones y la recuperación de información.

Por eso, la persona que estudió puede sentir que “no recuerda nada”. No es que el conocimiento no esté, sino que el acceso está temporalmente interferido.

A esto se suma un enemigo silencioso: el sueño. En temporada de exámenes, dormir menos parece una estrategia lógica, pero es un error neurobiológico. Durante el sueño, el cerebro consolida la memoria; sin él, la información queda fragmentada. Dormir mal no sólo afecta el rendimiento, también incrementa la ansiedad y crea un círculo vicioso.

También vemos el fenómeno de la ansiedad anticipatoria: días antes del examen, el cerebro ya simula escenarios negativos. Este “ensayo del fracaso” aumenta el estrés basal y reduce la eficiencia cognitiva, incluso antes de empezar.

¿Qué sí ayuda? Regular el cuerpo para liberar la mente. Respirar lento y profundo reduce la activación del sistema de alerta. Estudiar en bloques cortos con pausas mejora la retención. Dormir -aunque parezca contraintuitivo-, es parte del estudio. Y, sobre todo, cambiar la narrativa: un examen es una evaluación de conocimientos, no del valor personal.

Entender lo que ocurre en el cerebro no elimina el estrés, pero sí evita que lo malinterpretemos. No estás fallando. Tu cerebro está tratando de protegerte, sólo que a veces lo hace de más.