Fernando Gutiérrez

Fernando Gutiérrez

De barrio en barrio

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De aparecidos en la Casa de los Azulejos

El espectro del conde asesinado, el regreso de la condesa de entre la muerte, susurros, ruidos, objetos que se mueven y hasta un caballero con sombrero de copa reflejado en los espejos son sólo algunas de las leyendas de aparecidos en la Casa de los Azulejos, una de las mansiones más bellas del Centro Histórico.

El inmueble, ocupado hoy por el Sanborns de la calle Madero, suma estas historias fantasmales a la belleza que distingue su construcción y principal atractivo: su fachada cubierta de azulejos de talavera. Aquí, algunas de ellas:

 En su escalera principal fue apuñalado hasta la muerte el conde del Valle de Orizaba (1828), tras oponerse a que su hija se casara con un oficial. Dicen que aún hoy, por las noches, se observa una sombra subir o bajar por ese sitio, donde actualmente está el mural Omnisciencia de Orozco. Manuel Palacios, el asesino, fue ejecutado en la cercana plaza Guardiola.

Existe otro episodio: la viuda del conde enfermó durante la epidemia de cólera en la capital (1833) y luego sufrió un ataque de catalepsia. Sus sirvientes la creyeron muerta y llevaron su cuerpo al entonces convento de San Diego, frente a la Alameda Central. Cuando la velaban, abrió el ataúd, se levantó y regresó caminando a su casa. Actualmente, algunos empleados y comensales aseguran que su sombra vaga por los pasillos superiores. Incluso dicen escuchar el roce de sus vestidos largos por el suelo.

Otra leyenda habla de un caballero de la alta sociedad porfiriana, con sombrero de copa, que espera ser atendido en una mesa. Dicen que su figura aparece y desaparece reflejada en los espejos del restaurante, alguna vez sede del exclusivo Jockey Club (1881 a 1914).

Todos estos relatos hacen aún más atractiva la famosa mansión, que ha tenido varios dueños, entre ellos, el abogado Martínez de la Torre y la adinerada familia Yturbe Idaroff, antes de convertirse en el Sanborns de los Azulejos (1919), donde también, después de la Revolución, desayunaron las tropas villistas. Seguramente disfrutaron de café con leche, pan dulce y los deliciosos molletes, introducidos en México por este concurrido establecimiento, cuando la ciudad soñaba con parecerse a París.