
Ojalá las relaciones de pareja duraran toda la vida, como los cuentos de hadas o las películas románticas. Lamentablemente, la realidad es otra, hay un aumento considerable de divorcios cada año y muchas de las causas tienen que ver con la poca tolerancia a la frustración, la imposibilidad de ver opciones de solución, en especial cuando estamos viviendo en un mundo que exige satisfacción inmediata.
Esta forma tan rápida y poco profunda de comprometerse con la vida, con los proyectos a largo plazo como son la formación de una familia, termina por afectar a los hijos. Después de un divorcio hay varias actitudes que deben cuidar los padres para evitar que los hijos resulten lastimados y se les ocasione un daño psicológico.
Primero. La separación de los padres no implica la de los hijos, las relaciones de pareja pueden terminar, pero la de padres-hijos nunca se acaba.
Segundo. No tomar a los hijos como arma para intentar lastimar a la pareja; en realidad, quien resulta lastimado es el hijo.
Tercero. No verlos como paño de lágrimas, el querer contarles lo malo que fue el padre o la madre hace que crezcan con la sensación de angustia, pena, odio y rechazo a la figura ausente.
Cuarto. No los intenten alejar de la familia de quien fue su pareja; siguen siendo parte de ella.
Quinto. Escuchen a sus hijos y respeten sus emociones; además, permitan que se expresen, les ayudará a entender y a aceptar el cambio.
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