La lluvia ácida

El Informe de Calidad del Aire 2019, de la Secretaría de Medio Ambiente de la Ciudad de México, confirma un aumento de lluvia ácida, la formación de ácido sulfúrico y ácido nítrico (bióxido de azufre SO2 y óxidos nitrosos NOx que se mezclan con el vapor de agua), generados por la quema de combustibles fósiles en la Termoeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad en Tula, Hidalgo.

Aunada a las emisiones tóxicas de los camiones de carga, autobuses, calderas y calderines de la industria que queman diésel sucio con 500 ppm (partes por millón) en lugar de utilizar el diésel ultra bajo azufre (DUBA) con 15 ppm, dan como resultado una pésima calidad de aire en la megalópolis. Ello afecta nuestra salud, acidifica el suelo agrícola y los cuerpos de agua.

En nuestro país no se miden las muertes prematuras de mexicanos por tipo de contaminante. El reporte de Calidad del Aire de 2015, de la Unión Europea de Salud, señala que se registraron 432,000 muertes prematuras por exposición en 2012 a PM2.5 (material particulado-SO2); también hubo 17,000 decesos prematuros por exposición en 2012 al ozono (O3) y                   75,000 más en EU-28 por exposición en 2012 a NO2 (óxidos nitrosos).

Las exposiciones cortas al bióxido de azufre irritan la mucosa nasal, causan asfixia, irritan oídos, ojos y garganta, causan opresión del pecho y dificultad para respirar. Las prolongadas dañan el sistema respiratorio, alteran las defensas de pulmones y aumentan las enfermedades cardiovasculares. En particular, afecta a niños menores de 5 años, adultos mayores y a personas asmáticas.

Las partículas tóxicas PM2.5 traspasan las paredes pulmonares y llegan al torrente sanguíneo, donde dañan los tejidos y causan leucemia y diferentes tipos de cánceres.