La minería y sus gigantescos impactos ambientales

Los metales son parte fundamental de nuestra vida moderna, y no me refiero al oro, plata o paladio que usamos en las tarjetas impresas de celulares, pantallas, laptops y computadoras de escritorio, sino a los metálicos como el hierro, cobre, plomo, níquel, cadmio y litio.

Sus métodos de extracción húmeda causan gigantescos impactos ambientales y devastan la corteza vegetal, además de que se acaba con la flora y genera desplazamiento de fauna. Perdemos captura de carbono y se incrementa el peligro de derrumbes y destrucción de bienes culturales.

Además, la emisión de ruido de generadores de energía, por trabajos de extracción, molienda y tratamiento que queman combustibles fósiles, causa emisiones contaminantes (CO, NOX, carbono negro) y CO2. Crea desnitrificación, contaminación de cuerpos receptores con aguas residuales lodosas o con residuales contaminadas. Modifica el curso de ríos, favorece la formación de escombreras que alteran el balance hídrico y la calidad de aguas subterráneas.

Por su parte, la extracción en seco contamina el ambiente con ruido y vibraciones por detonaciones. Envenena el aire con polvo por tráfico y erosión, con humos de escombreras autoinflamadas, vapores de voladuras y gases tóxicos. Igual lo hace con las aguas superficiales y las residuales, y al descender el nivel freático deteriora la calidad de aguas subterráneas.

Causa desecación, hundimiento del suelo y peligro de empantanamiento tras el restablecimiento del nivel freático. Estos impactos modifican el microclima. Proliferan agentes patógenos en aguas estancadas. En ambos casos, la erosión del suelo es constante.

El dispendio de agua para las tinas de flotación de minerales molidos en presencia de cianuro de sodio es el impacto más significativo, toda vez que ninguna de las minas en operación cuenta con planta de tratamiento de aguas residuales “descarga cero”. Millones de toneladas de “jales” (residuos que contienen sales minerales metálicas) no son confinados adecuadamente.