
Una bella litografía de Casimiro Castro, quien retrataba la época con sus pinceles de precisión fotográfica, nos trasladó al pasado. Esa hermosa obra fue como una máquina del tiempo. De pronto, estábamos en la Ciudad de México del siglo XIX, ante imágenes que parecían salir de los cuentos de Mark Twain, cuando navegaban en las aguas del Misisipi enormes y humeantes barcos, impulsados por una inmensa rueda de paletas a manera de remos.
Igualito, sólo que la escena es ahora en el Canal de la Viga, repleto de trajineras, canoas y… ¡barcos de vapor! Así como lo lee. Claro, eran otros tiempos, cuando la capital estaba llena de acequias y canales. Así se movían los habitantes. Era lo moderno. Y a bordo iban pasajeros pobres y ricos. Paseos con comida, bebida y baile mientras se llegaba del Centro a Chalco, luego de cinco o seis horas de travesía, pasando por algunos pueblos.
Hubo varios. El primero fue el Guatimoc. Después vino La Esperanza del coronel Mariano Tagle. La novedad fue tal, que en ellos viajaron los presidentes Santa Anna, Juárez y Díaz. Era el negocio del momento. Y surgieron competidores. Los canales se llenaron de barcos que iban a San Ángel, Tlalpan, Santa Anita, Iztacalco y a Xochimilco. Algunos salían del Zócalo, otros de la Villa. Increíble, ¿no?
Corría el año 1855 y era el auge de los vapores. Pero el mundo de esa navegación de ensueño se esfumó, igual que el humo de sus chimeneas. La decisión gubernamental de desecar los canales para convertirlos en calles, marcó el fin del sistema lacustre heredado por los pueblos que habitaron a orillas del lago de Texcoco.
Pero la transformación, la “modernidad”, el “progreso”, iban más allá. Se daba paso al ferrocarril, esa enorme víbora de hierro que cambió todo, como en el mítico Macondo, ese mundo imaginario e inquietante que dibujó con realismo mágico Gabriel García Márquez.
Adiós a aquellos días. Ahora sólo podremos admirarlo en los cuadros de Casimiro Castro o José María Velasco, otro enorme paisajista mexicano. Por desgracia, ya es cosa de museos.