
Yació 400 años enterrada bajo la Casa del Marqués del Apartado. Allí, con un peso inmenso encima, resistiendo la humedad del subsuelo y el paso de los siglos, emergió majestuosa, sin daño: el águila cuauhxicalli, una escultura esplendorosa, tallada en basalto y perfecta en los detalles de su plumaje.
Fue descubierta por la antropóloga Elsa Hernández Pons, en 1985, escondida por los conquistadores en los cimientos de un edificio colonial, en las hoy calles de República de Argentina y Donceles, donde aún hay vestigios del Templo Mayor.
Esta pieza monumental era utilizada en los rituales mexicas. En la espalda tiene una cavidad circular, un contenedor sagrado donde se depositaban los corazones extraídos a los sacrificados y que servía para mantener vivo al Sol.
Un cuauhxicalli es un recipiente de piedra volcánica. Su nombre viene del náhuatl cuauhtli (águila) y xicalli (jícara o vaso).
Servía para alimentar al Sol y a la Tierra con la energía vital de los sacrificados y ayudaba a que el cosmos siguiera funcionando. Los mexicas relacionaban al águila con el astro rey en su camino diurno por el cielo.
La forma de los recipientes era circular o de animales sagrados, como jaguares (ocelotl cuauhxicalli) y águilas reales. Esta última especie era, y es, tan estimada que hoy ondea en nuestra bandera como parte del escudo nacional.
En estos rituales no sólo se tallaban águilas; también había piezas con forma de jaguar (como el famoso ocelotl cuauhxicalli) o de personajes humanos reclinados, llamados chac mool.
Esta fascinante historia, que nace como figura sagrada desde que el dios Huitzilopochtli pidió encontrarla para fundar la gran Tenochtitlán, es el despertar de un símbolo sagrado. Puede admirarse en la sala 1 del Museo de Sitio del Templo Mayor (Seminario 8).
Nuestro pasado glorioso se resiste a desaparecer. Aún quiere emerger de las entrañas de la tierra, en el centro de la Ciudad de México. Por favor, no olvidemos de dónde venimos.