
La entrada, de por sí angosta, está invadida por aparadores de bisutería y venta de frituras. El inmueble, descuidado y sucio, pasa inadvertido, como tantos otros en el Centro Histórico. Sólo una diminuta placa en su fachada da fe del hecho histórico y patriótico: “En esta casa vivió y murió el poeta Francisco González Bocanegra, donde escribió las estrofas del Himno Nacional. Año 1853”. Y párele de contar.
Pero recordemos que no lo hizo por iniciativa propia. Su novia y prima, Lupita González, cuando supo de la convocatoria de Santa Anna, lo encerró en un cuarto y lo liberó hasta que el poeta escribió las 10 estrofas originales.
Ese abandonado monumento colonial está en Tacuba 48, entre Allende y República de Cuba, en pleno Centro. La calle más antigua de América Latina, es la que va desde Naucalpan hasta la plancha del Zócalo, creada por los mexicas como una avenida que llevaba a tierra firme desde la gran Tenochtitlán.
Lo cierto es que ese inmueble merece más atención, un trato digno; reclama restauración y quizás hasta ser convertido en un digno museo de la creatividad de quien dio palabra a uno de nuestros tres símbolos patrios, junto al escudo y la bandera.
Luego de unos meses, el poeta y dramaturgo potosino, con una barba y un bigote que le daban apariencia de espadachín medieval, recibió una respuesta por correo. Pensaba que su letra no había sido considerada, pero la sorpresa fue que era el ganador del concurso entre 26 competidores.
Así fue como, en ese número 48, anteriormente marcado como calle de Santa Clara 6, Bocanegra poetizó nuestro himno en sólo cuatro horas. Fue cantado por primera ocasión en 1854 y hasta 1943 se hizo oficial. Luego el español Jaime Nunó le agregó la música. Con el correr del tiempo y de las circunstancias, ha sufrido algunos cambios; hoy sólo se entonan cuatro estrofas y el estribillo.
González Bocanegra murió en 1861, cuando sólo tenía 37 años. Sus restos yacen en la Rotonda de las Personas Ilustres, un lugar creado en 1872 dentro del Panteón Civil de Dolores.
En el mes patrio, debió ser honrado con la reconstrucción de lo que fue su casa: un sitio histórico, oxidado por el olvido y devorado por el comercio informal.