Nuevas relaciones

Más que confrontaciones, producto de estados de ánimo, las reacciones presidenciales mexicanas respecto a las presiones de Estados Unidos están sentando las bases para redefinir las relaciones entre los dos países con miras a sus relevos ejecutivos en 2024.

Los estilos personales de López Obrador obstaculizan un intento de caracterización de sus mensajes a veces muy estrictos y, otras, muy duros contra la Casa Blanca; pero bien pudieran formar parte de lo que el historiador Lorenzo Meyer ha llamado el “nacionalismo defensivo”, aunque, en realidad, se trataría del principio de la decisión de Palacio Nacional para enarbolar los “intereses mexicanos” en la relación bilateral.

Se podrá estar de acuerdo o no con López Obrador, pero ha recuperado para México un lenguaje directo en contra de los viejos estilos americanos de imposición de decisiones, aunque en respuesta el gobierno estadounidense ha endurecido la unidireccionalidad de sus decisiones sin tomar en cuenta a nuestro país.

Estados Unidos va a cambiar presidente o reelegir al actual en noviembre de 2024, después de que en abril de ese mismo año México vote por el sucesor de López Obrador.

Como era de esperarse, y más por decisión del presidente Biden y del candidato Donald Trump, la agenda mexicana pudiera, de alguna manera, dar el tono importante en el proceso electoral estadounidense, aunque a costa de que nuestro país pueda tener y ejercer su voz en las campañas americanas.

En cambio, Estados Unidos no estaría en los temas prioritarios de la agenda electoral mexicana: seguridad, reforma de régimen, reorganización de poderes, crisis económica y crisis social, que le dará una ventaja al proceso presidencial de México.

Por lo pronto, y como se presentan las cosas, López Obrador y México serán un dolor de cabeza en la elección presidencial de Estados Unidos.