La artista aborda la memoria, la identidad y la maternidad
Identidad, memoria, cuerpo y maternidad son algunos temas centrales en la obra fotográfica de Ana Casas Broda (España, 1965), quien recibirá la Medalla al Mérito Fotográfico 2026 el próximo 23 de octubre, en el Museo Nacional de Antropología (MNA), en reconocimiento a su trayectoria y sus aportaciones a la cultura visual en nuestro país.
Casas Broda estudió artes plásticas y fotografía en la Escuela Activa de Fotografía y en la Casa de las Imágenes; luego pasó cuatro años con su abuela, quien vivía en Austria, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y también tomaba fotografías. Más tarde se convirtió en asistente de Manuel Álvarez Bravo, a quien ayudó al inicio a organizar su colección en Televisa.
Es autora de proyectos de largo aliento como Álbum y Kinderwunsch; es cofundadora de Hydra, plataforma clave en la producción, edición y difusión de la fotografía en México, y asegura que se siente mexicana.
Para ella, “la fotografía tiene la capacidad de activar el tiempo y la mirada” y a partir de sus proyectos explora “cómo la fotografía ha transformado la manera de contemplar el tiempo, la identidad, la memoria y cómo activa una serie de temas sociales, personales y políticos de maneras alucinantes”. Además, pone el acento en la importancia del fotolibro, no como un catálogo, sino como una obra.
¿Qué significa para usted esta medalla? “La medalla no significa sólo un reconocimiento a mi trabajo como autora, sino también a mi pasión por la fotografía, la educación, el diálogo con otros y propiciar espacios de creación, como en el caso de Hydra”.
Su primer proyecto fue Álbum, detalla, el cual realizó durante 14 años, sobre la identidad y la memoria. “Para éste trabajé una narrativa con textos e imágenes para hablar de temas importantes en la fotografía y lo que más me interesó fue abordarlo como una historia personal que, a la vez, se vuelve una especie de novela o historia autobiográfica”.
Y para concretarlo trazó un vínculo creativo con su infancia, los álbumes familiares y autorretratos de su abuela (algunos similares a Vivian Maier), quien vivió dos operaciones de pecho, como se aprecia en una instantánea en la que nieta y abuela aparecen desnudas.
En su indagación, Casas Broda descubrió que su abuela estuvo casada con un judío comunista que murió de esclerosis múltiple, que más tarde conocería a quien sería el abuelo de la artista y se convertiría en ministro de Justicia, quien colaboró en la reconstrucción de Austria e impulsó medidas inéditas como la abolición de la pena de muerte, despenalizó la homosexualidad y legalizó el aborto, aunque se separó de su abuela.
El otro proyecto central de Casas Broda es Kinderwunsch. “En éste trabajé siete años y es una reflexión sobre la maternidad en la fotografía contemporánea que parte de mi propia maternidad. En alemán, Kinderwunsch es la unión de las palabras niños y deseo, y se utiliza para hablar de infertilidad o del deseo de tener hijos”. Y a éste se suma un tercer proyecto: Cuadernos de dieta, quizá el más íntimo, el cual le tomó nueve años.
Retos de la era digital y la irrupción de la inteligencia artificial
¿Cómo percibe el avance de lo digital en la fotografía? “Lo digital es una forma más de trabajo. Sí significó cambios importantes en cuanto a la manera de relacionarse con la imagen, por su inmediatez, es decir, abre puertas a muchas cosas y cambia otras. Sin embargo, hay muchísima gente que ha vuelto a lo análogo, hay una tendencia en muchos países, lo cual a veces es un lujo, porque es caro.
“Además, creo que hay una diferencia importante con la fotografía análoga en cuanto al proceso en sí mismo, al no saber inmediatamente lo que va a salir en la imagen, y eso genera una relación diferente con la propia imagen, pero (lo digital) también es muy enriquecedor”, acepta.
¿Enfrenta la foto algún riesgo con lo digital? “Se pensaba que las redes iban a arruinar (la fotografía), ya que cualquiera iba a poder tomar una foto, yo creo que ocurrió al revés y subió el nivel de exigencia, porque lo que antes era una foto aparentemente interesante, ahora tiene que ser más interesante para superar lo que se ve en redes y eso para mí hace que la gente tenga una conciencia más clara de lo que es su propio lenguaje y puede ser positivo.
“Sin embargo, tengo una relación ambivalente con la IA, más bien negativa, en el sentido de que hay que repensar mucho lo que está pasando con la imagen y la IA, porque creo que sí hay una parte en donde hay un peligro, aunque todavía no se ha definido bien qué va a pasar con ese tema, que no es mi especialidad. Pero sí hay un punto donde se pierde la sorpresa de la imagen, como lo que ahorita está pasando, un momento un poquito de crisis, porque en las redes uno ya no distingue entre lo que está hecho con IA y lo que no, y eso no sé a dónde va a llegar”, expone.
¿Sigue siendo relevante el fotolibro? “Abordo el fotolibro como una obra, no como el trabajo de un curador sobre un fotógrafo ni es el trabajo de un fotógrafo volcado a las páginas, sino algo que se desarrolla, en donde forma, contenido, experimentación y narrativa deben tener un sentido.
“Además, es algo más complejo que una exposición, porque tiene la complejidad de una novela, en donde se integran texto e imagen y la edición de la imagen necesita un sentido, pero para mí lo tiene que desarrollar el autor… Entonces, el libro se vuelve una obra en sí”, concluye.
Excélsior
21//09//2026