Descubre el origen prehispánico y virreinal de La Llorona, incluyendo sus mitos, crónicas y verdades históricas.
¿Quién fue La Llorona? Te compartimos la verdadera historia detrás del lamento más famoso de México, desde los mitos que le dieron origen a la leyenda hasta el porqué sigue siendo un personaje tan conocido en cada rincón del país.
El eco agónico de un “¡Ayyyy, mis hijooooos!” es parte del folclore mexicano; La Llorona es una presencia nocturna que ha educado, asustado y quitado el sueño a generaciones enteras.
Desde las chozas rurales hasta los edificios de departamentos más modernos de la capital, el espectro de la mujer vestida de blanco flota en el inconsciente colectivo con una vitalidad tan aterradora como fascinante.
Pero, lejos del relato que se contaban en las reuniones familiares, ¿alguna vez te has preguntado quién estuvo detrás de ese velo antes de convertirse en pesadilla?
La Llorona es un símbolo del mestizaje que fue transformándose al compás de los siglos, cambiando de piel desde las alturas del panteón mexica hasta los callejones empedrados del siglo XVI bañados por la luz de la luna.
La historia detrás de La Llorona
El mito prehispánico
La antecesora directa de La Llorona es la diosa Cihuacóatl (literalmente “Mujer Serpiente”), una deidad de rango supremo: patrona de los partos, protectora de las mujeres y custodia de los huesos sagrados que Quetzalcóatl utilizó para crear a la humanidad en el inframundo (Mictlán).
Vestía de blanco impoluto, con el rostro pintado o cubierto y el cabello recogido a modo de pequeños cuernos que representaban su dignidad divina. Bramaba en la oscuridad de la noche, flotando sobre los caminos de tierra y los canales de agua, emitiendo gemidos que erizaban la piel,considerados siempre un presagio nefasto de muerte colectiva o guerra inminente.
Antes de la llegada de Hernán Cortés, hay historias recopiladas por los indígenas que mencionan que, durante varias noches consecutivas, se escuchaba la voz de una mujer que recorría las calles de la capital gritando:
¡Hijos míos, ya nos tenemos que ir! ¡Hijos míos, ¿a dónde los llevaré para que no perezcan?
Para los mexicas, este llanto pertenecía a Cihuacóatl-Tonantzin, que lloraba desconsolada la aniquilación de su pueblo y daba el aviso de la llegada de los conquistadores, de acuerdo con el Gobierno de México.
El mito colonial de La Llorona
Durante los siglos XVI y XVII, la leyenda de La Llorona experimentó un giro y se convirtió en la tragedia personal de una mujer de carne y hueso, víctima o victimaria dentro del orden moral de la sociedad novohispana.
Cronistas de la época relatan que se escuchaba un quejido agudo y penetrante proveniente del rumbo de la Plaza Mayor. Una figura femenina, envuelta en flotantes vestiduras blancas y con el rostro cubierto por un velo, avanzaba flotando hacia la orilla del lago, donde se hincaba con dirección al oriente, lanzaba su último alarido y se desvanecía en el aire.
Quienes intentaron seguirla o encararla regresaban trastornados, mudos o caían víctimas de fiebres fulminantes que los conducían a la tumba a los pocos días.
La historia colonial de La Llorona narra la vida de una hermosa mujer indígena o mestiza llamada popularmente Luisa (en algunas variantes María), quien se enamora ciegamente de un apuesto hidalgo español de apellido noble, don Nuño de Montesclaros.
Debido a los abismos de clase propios de la época, don Nuño se niega a llevarla al altar, pero sostienen un romance a espaldas, fruto del cual nacen tres hijos pequeños.
Luisa vivía consagrada al cuidado de sus pequeños y a la devoción hacia aquel hombre, convencida de que su lealtad y amor incondicional derribarían las barreras sociales y eventualmente motivarían a Nuño a desposarla ante la Santa Madre Iglesia.
Los años transcurrieron hasta que Don Nuño, presionado por los cánones familiares y su afán de preservar su estatus nobiliario, había pactado matrimonio con una dama española de linaje y dote.
Luisa se escabulle una noche hasta la mansión familiar de los Montesclaros y contempla con horror la fiesta nupcial. Destrozada por la humillación, la mujer corre de regreso a su humilde vivienda situada a orillas de un río.
En un arrebato de demencia, nublada por el dolor del engaño y con el firme deseo de borrar todo vestigio del traidor, despierta a sus pequeños, los conduce al agua y los ahoga uno a uno en las corrientes heladas.
Cuando las aguas se llevaron los pequeños cuerpos inertes, la dimensión del acto cometido la golpeó y comenzó a recorrer las orillas fangosas desgarrándose la garganta, suplicando al cielo que le devolviera a sus pequeños.
Incapaz de soportar el tormento de su propia conciencia, la mujer se quitó la vida; las autoridades virreinales hallaron su cadáver al amanecer, pero su alma jamás encontró reposo.
De acuerdo con la teología popular, Dios o las fuerzas cósmicas le negaron la entrada tanto al cielo como al infierno, condenándola a vagar errante por los siglos de los siglos, buscando desesperadamente en cada cuerpo de agua a los hijos que su propia mano arrebató.
¿La Llorona pudo ser La Malinche?
Uno de los debates culturales más sonados en México vincula a La Llorona con Malintzin, Marina o “La Malinche”, la intérprete, diplomática y estratega clave durante la Conquista.
Tras la caída de Tenochtitlan, Hernán Cortés tuvo un hijo con Malintzin, don Martín Cortés, considerado uno de los primeros mestizos notables. Más tarde, Cortés desposó a Juana de Zúñiga y, con el beneplácito de la corona, separó al pequeño Martín de los brazos de su madre para enviarlo a educar a España.
Para los sectores populares de la sociedad virreinal, el dolor de Malintzin al perder la custodia de su hijo, sumado a su papel involuntario como símbolo del derrumbe indígena, la convirtió en el chivo expiatorio ideal de la leyenda de La Llorona.
Sin embargo, este relato es una construcción machista y nacionalista del siglo XIX, que buscó personificar la “traición a la patria” en la mujer indígena. La Malinche jamás asesinó a sus descendientes; al contrario, luchó por garantizarles títulos de nobleza y bienestar material hasta el fin de sus días en su encomienda de Coyoacán.
¿La Llorona fue un caso real?
Durante el siglo XVII, los tribunales civiles de la Real Audiencia juzgaron a mujeres que, asediadas por la miseria extrema, la marginación por embarazos fuera del matrimonio y el temor al destierro o castigo eclesiástico, recurrían al infanticidio en ríos y canales clandestinos.
Uno de los expedientes más citados por cronistas de la época colonial involucró a una mujer mestiza que fue capturada, juzgada sumariamente y ejecutada en la horca pública tras haber asfixiado a sus hijos en el canal de La Viga.
La fascinación mórbida de los vecinos, aunada a los rumores de que el alma de la ahorcada regresaba flotando sobre las aguas para lamentarse, fusionó el crimen verídico con la vieja memoria de la diosa Cihuacóatl.
Ya sea que creas en apariciones sobrenaturales o prefieras ver en ella el dolor inmortalizado de una cultura caída, La Llorona seguirá recorriendo las orillas de la memoria colectiva de los mexicanos en forma de un mito o distintos personajes de la historia.
Excélsior
29/10/2026